Hace casi 17 años tome una decisión... quizá la decisión más importante en mi vida...Mi vida se había vuelto un infierno ...una muerte en vida yo creo...tan solo faltaba que me pongan el epitafio que diga: aquí yace Anibal...

Si así es, era un infierno del que no podía salir... pensé que ya solo me quedaba la muerte, pero sin embargo un amigo me dio la buena nueva... me contó que si yo quería podía cambiar mi vida... nunca había hecho caso a nadie... le creí a medias, pensé que era una broma, sin embargo, ese día llegué con él a mi primera reunión de Alcohólicos Anónimos.

Me llamo Fernando y soy un alcohólico, gracias a Dios estoy pasando un día más sin ningún problema con las bebidas, pero, si, estoy muy preocupado por lo que está pasando con este asunto de los chóferes de flotas,  porque resulta que yo también soy chófer, pero hace años que no pruebo una gota de ningún trago, me molesta que la gente generalice y diga que los chóferes son unos borrachos, no se dan cuenta que el problema es el alcoholismo y no es el chófer, la flota, o el dueño de la flota.

En medio de todo el tránsito automotor y humano característico de nuestra ciudad, mientras cada persona funciona como parte del mecanismo de un reloj... o ¿de una bomba de tiempo?,  un llanto rompe la rutina.

Serán las 11 de la mañana. Sentada en una de las aceras de la Plaza San Sebastian, una joven madre, trata de consolar a su hijo de unos pocos meses de vida...mientras tanto pide ayuda monetaria a los transeúntes que por miedo apenas detienen su paso por el lugar